martes, 17 de marzo de 2020

¡Existen las palomas grises!


Paloma que va volando no dice a dónde ni cuándo. Con esa frase empezaban los días de miel y llegaban las noches de hiel. Era por ella que vivía. Tan majestuosa e imponente; con ese garbo; dominadora y de aspecto silvestre; de casta torcaz. Era mensajera de infortunios porque le traía placer en los sueños y en vigilia lo desgraciaba. Le gorjeaba a todos menos a él. Salía por las tardes con su falda entallada, levantaba los tacones como si buscara bulla e hinchaba el prominente pecho. Hacía su baile de ritual y emprendía el vuelo. Volvía de madrugada, muy herida de tabaco y alcohol, desplumada y sofocada por revolcarse en lechos de otros. Parecía que se burlaba al verlo de reojo, pero era más para excitarlo que para rechazarlo.

- No te fijes más en ella, hijo mío, es una perdida. Es un ave capona que se revuelca en nidos ajenos, es ave de mal agüero -le decía doña Tomasa.

- Otra vez con su lema, mamá. Ya no me salga con la misma cantaleta, que un día me convierto en gavilán y me la como, ya verá.

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